jueves, 18 de mayo de 2017

Golondrinas

"¡Ya están aquí! ¡Ya han llegado!"

No puede evitar dibujar una sonrisa tímida, delicada, de aquellas que bastan para hacerme feliz; su sonrisa, la que creía haber perdido y ahora asoma, como desperezándose, entre los labios de los que un día me enamoré.

"¿Las ves? ¡Por fin han llegado!"

Apoyada en la barandilla de madera parece no importarle el ímpetu del viento que golpea con fuerza cada fibra de su cuerpo. El sol, recién amanecido, descubre con pequeñas y brillantes pinceladas sus rasgos más hermosos, tal y como los recordaba.
Sí, es cierto: extrañaba momentos como este, cuando ella permanecía de pie ante algo que le maravillaba invitándome a entrar en el misterio de su asombro, señalándome (como ahora, el dedo extendido hacia un cielo añil), el punto álgido donde penetraba sin esfuerzo.

Había olvidado el estremecimiento que siempre me produjo mirarla así, sin que lo supiera, y dejarme arrastrar perdiéndome en ella, en su sencilla profundidad. Añoraba el lento fluir del tiempo cuando estaba a mi lado, su eternizado silencio y sus leves palabras, el movimiento de sus labios, las manos inquietas, el débil balanceo de su pie izquierdo y la mirada furtiva de esos ojos posándose agitados sobre las cosas.
Sus ojos...¡qué bellos son sus ojos! Hoy más que nunca.
Puede que el dolor haya pulido la negrura que los cubría y que en mí ahogaba cualquier intento de salvarla cuando, ausente, en una orilla estancada de su memoria, permanecía inmóvil, tenebrosa y opaca.

"Es maravilloso, ¿no crees?"

Se vuelve hacia mí, estrechando el espacio que nos separa e, impulsiva, me coge de la mano dirigiéndome hacia el extremo de la barandilla. Es imposible dejar de mirarla y ella lo sabe, ¡por supuesto que lo sabe! aunque nunca ha dejado de preguntarse porqué.
"No te merezco", me dice algunas veces, cuando el pasado aparece ante ella como figura imponente debilitando el mínimo atisbo de esperanza.
Entonces todo palidece, como la frescura de un prado cuando el cielo se tiñe de gris, y vuelve a encerrarse en su palacio de cristal, frío e inaccesible.
Sin embargo, lo sé todo sobre ella. Conozco su miedo, su debilidad, la tristeza que le paraliza, el terror que le produce verse atrapada por los lazos de una historia que, sin dejar de ser suya, no es de ninguna manera irrevocable.
Quisiera entonces poder decirle lo mucho que la quiero, quemar los muros que ella misma ha construido alrededor y bailar, dar vueltas y vueltas sobre las llamas de la felicidad, abrazar su cuerpo estrecho, no soltarla y ser nosotros mismos, polvo contra polvo, humo que, fundido, se eleva a lo más alto, hacia el futuro que nos pertenece, hacia este instante, cuando me mira confusa tratando de cazar mis pensamientos.

Hace tan solo unos minutos le pedí que fuera mía para siempre. Un momento de la vida para toda una eternidad. Un segundo sumergido en la esfera profundísima del viejo reloj.
Todo ha cambiado desde entonces: Porque el intenso susurro del corazón penetra las capas de la tierra, el diente de león germina y asciende gozándose con el retorno de la primavera, la suya y la mía. Levanta ambas manos y apunta mi dedo hacia varias figurillas negras que salpican el amplio horizonte, abierto y espléndido para nosotros, ¡solo para nosotros!

"Ahí, ¿las ves?"

Solo ahora comprendo cuánto la he echado de menos, y quisiera decirlo, pero apago el deseo. Basta mirarla, como si en el mundo no hubiera nada más real que su frágil figura inclinada sobre una barandilla oscura y agrietada.
Pequeña escena cotidiana en un día alegre de mayo, como otra cualquiera y, sin embargo, es tan bella que la hace única e irreemplazable.
Porque la nueva vida se deja ver en el manto abigarrado de la pradera, en el temblor emocionado de mi mano contra la suya, en el roce de dos almas que han estado solas mucho tiempo.

"Sí, las veo"
"Son unas golondrinas preciosas"



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