viernes, 10 de marzo de 2017

Dolce morte

Todavía me llena de estupor ese evento terrible condenado a repetirse una y otra vez.
Lo descubro en miradas vacías y palabras exentas de contenido, en la parda hojarasca del otoño o entre el bullicio silencioso de personajes sin nombre y sin historia.
Desafortunado hecho que reaparece tras el gozo de lo bello eclipsando la luz, la vida y las estrellas...

Como animal agazapado esperando su presa, como el tronco de un roble dispuesto a desprenderse de sus raíces, ella se oculta, inmóvil, en lo efímero del mundo.
Quisiera olvidarla y renunciar a su influjo, impedir que mi pensamiento la reconozca en los cálidos atardeceres, en la sombra de sonrisas arrugadas o durante un Da Capo prolongado en la menor.
Sin embargo, su recuerdo me invita a exprimir el dulce elixir de la vida inclinándome ante lo simple y escondido, ante aquella realidad no mirada por muchos que trasciende cualquier atisbo de apariencia superficial, rota y mezquina.

Quisiera alejarla mas se acerca. Vigía de la noche siendo la noche misma.
A todos sorprende con su embrujo aunque la esperamos ocultos entre los postigos de nuestras puertas. Basta un lánguido toque de su mano y la más bella hermosura se atomiza en minúscula ceniza.
¿Quién será aquel valiente que erguido sobre sí mismo penetre en la honda negrura de sus ojos?
¿Quién el que, risueño, podrá decirle alguna vez: "Un gusto conocerla"; y volar hacia el instante siguiente deshilando los lazos del pasado?

No...la sucesiva finitud ahoga cualquier intento en un miedo incontenible.
Y así continuamos el viaje de este mundo: Huyendo de un final que empieza a cada paso.

Ella permanece sonriendo entre las sombras y yo...yo te busco más allá de su mirada, en la pálida luz de una vela dormida, entre los frágiles trazos de mi último párrafo, puede que en la eterna melodía que sin esfuerzo alguno dejaste en mi recuerdo llevándome a ti inevitable, inexorablemente.

¡Oh...dolce morte!



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