viernes, 31 de marzo de 2017

Una primavera más

Me piden que escriba pequeños retazos de mis días, que recoja de la colorida línea del sendero por donde avanzo flores escondidas que suben prolongándose hacia las estrellas.
A veces es difícil encontrarlos entre las madejas de hilo que tejen las horas vividas. Otras se resisten incluso a ser arrancados de la maleza alta y vigorosa, como queriendo escapar de una muerte inevitable: se seca la savia, huye el olor y el sol se oscurece dejando sin brillo y belleza la gota de rocío enterrada en el césped verde.

Hoy contemplo desde la ventana un cielo espeso, carente de vida y calor. Toda luz ha quedado encerrada en la densa espuma gris violácea.
A lo lejos puedo ver cuatro ráfagas de un humo escurridizo ascender hacia él desde las chimeneas. Me pregunto porqué, si lo asombrosamente hermoso nace a sus pies.

¡Contemplad esa gama infinita de verdes empapelando la periferia de Madrid! (Azulados, parduzcos, amarillentos, rojizos...). Algunos pájaros verde pistacho descansan sobre las ramas de los árboles, las más altas, para luego descender sobre los transeúntes mostrando a un mundo ciego e indiferente la calidez de sus alas. Las primeras flores de los almendros aclaran el melancólico paisaje como novias que esperan a que las puertas se abran para caminar, majestuosas, al encuentro de unos ojos que supieron mirarlas.

Puedo ver también bancos vacíos, cofres mudos de secretos, guardianes solitarios de palabras que fueron. Quizá lo sigan siendo; o quizá no.
Y sin embargo, tenéis razón. Es inevitable no detener los ojos en aquella bruma que avanza sigilosa hacía mí ocultando el más leve roce de luz. Parece un mar embravecido cuyas olas se levantan para abrazar la tierra. No hay escapatoria. Lo sé. Es necesario sumergirse.

El canto persistente de los verdes pajarillos no es más fuerte, ni las flores blancas, ni nada de este cuadro impresionista que dibuja el inicio de la primavera. Es aquella negrura la que me atrae, irresistiblemente, la que oscurece más y más mis pupilas dilatándolas hasta un límite que no termina de llegar. 





Deseo de infinitud. Temor al verme arrastrada por el pulso repetitivo de las olas rompiendo una y otra vez contra mi cuerpo, por el penetrante latido de la secuencia.
El océano abraza y olvida. Siempre; fiel a las agujas de un reloj que no ve, que no oye, pero que le empuja invisiblemente con su repulsivo tic-tac.

La nube negra abarca todo el firmamento gozándose de nuestra suerte y yo me limito a mirar, a decidir qué es lo bello, qué lo tedioso y deleznable, qué lo realmente admirable. ¿Acaso lo sé? ¿Realmente estoy dispuesta a saberlo?
Entonces sucede lo inesperado, el relámpago que irrumpe la tétrica escena del teatro donde vivo: llueve, desesperadamente. Una multitud de diamantes, en pocos segundos, engarza mi ventana y recorren curiosos el cristal de arriba a abajo.

Me resulta difícil ahora vislumbrar los almendros, las chillonas cotorras y las violentas ramas de los árboles meciéndose a merced del viento y los bancos, ¡ah!, los pálidos confidentes en espera anhelante de nuevas mezclas sonoras de vocales y consonantes.
Solo estamos ella y yo, frente a frente, y las cuatro columnas humeantes que continúan subiendo más y más hasta confundirse con las grises y aterradoras ondulaciones hasta extinguirse finalmente, desaparecer.

Quisiera cerrar los ojos, huir, simplemente.
Incapaz. Sin llegar a moverme. Sin poder siquiera parpadear, la oscuridad penetra cada fibra de mi cuerpo generando un dolor sordo y hueco, cortante, como el filo de un cuchillo. Llega a los nervios, rodea los pulmones, traspasa el hígado.
Me asemejo a un títere descolorido, sin barniz, estéticamente mirando a un punto, al foco de negrura que ahora roza el corazón y lo corteja y lo acaricia y, como una obra de cinco actos recién acabada después de una escena intensa, lo besa, suavemente. En ese beso un día. En ese día toda su vida.

Estamos solas, ella y yo...y el silencio que busca la palabra y la sonrisa dibujada entre diamantes y el amor que embellece el tiempo, el rugido de las olas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Dolce morte

Todavía me llena de estupor ese evento terrible condenado a repetirse una y otra vez.
Lo descubro en miradas vacías y palabras exentas de contenido, en la parda hojarasca del otoño o entre el bullicio silencioso de personajes sin nombre y sin historia.
Desafortunado hecho que reaparece tras el gozo de lo bello eclipsando la luz, la vida y las estrellas...

Como animal agazapado esperando su presa, como el tronco de un roble dispuesto a desprenderse de sus raíces, ella se oculta, inmóvil, en lo efímero del mundo.
Quisiera olvidarla y renunciar a su influjo, impedir que mi pensamiento la reconozca en los cálidos atardeceres, en la sombra de sonrisas arrugadas o durante un Da Capo prolongado en la menor.
Sin embargo, su recuerdo me invita a exprimir el dulce elixir de la vida inclinándome ante lo simple y escondido, ante aquella realidad no mirada por muchos que trasciende cualquier atisbo de apariencia superficial, rota y mezquina.

Quisiera alejarla mas se acerca. Vigía de la noche siendo la noche misma.
A todos sorprende con su embrujo aunque la esperamos ocultos entre los postigos de nuestras puertas. Basta un lánguido toque de su mano y la más bella hermosura se atomiza en minúscula ceniza.
¿Quién será aquel valiente que erguido sobre sí mismo penetre en la honda negrura de sus ojos?
¿Quién el que, risueño, podrá decirle alguna vez: "Un gusto conocerla"; y volar hacia el instante siguiente deshilando los lazos del pasado?

No...la sucesiva finitud ahoga cualquier intento en un miedo incontenible.
Y así continuamos el viaje de este mundo: Huyendo de un final que empieza a cada paso.

Ella permanece sonriendo entre las sombras y yo...yo te busco más allá de su mirada, en la pálida luz de una vela dormida, entre los frágiles trazos de mi último párrafo, puede que en la eterna melodía que sin esfuerzo alguno dejaste en mi recuerdo llevándome a ti inevitable, inexorablemente.

¡Oh...dolce morte!