domingo, 24 de septiembre de 2017

Un 18 de septiembre

La debilidad hace palpable la parte más humana y más vulnerable de nuestra naturaleza.
Podríamos decir que el caer es lo "normal", la llamada del instinto y nuestra respuesta...pero el amor lo salva TODO. El amor hace posible lo imposible. El amor despliega las alas y nos hace palidecer de gratitud. El amor nos regala una nueva libertad, otra opción de respuesta, un segundo movimiento ascendente que supera y transforma al anterior.

Nos empeñamos en hablar de la muerte y la vida permanece a nuestro lado, como siempre.
Sí, y la vida es solo amor, ¡qué pronto lo olvidamos!


jueves, 7 de septiembre de 2017

Silencio

Silencio...no es fácil escucharlo.
De naturaleza desgarrador, sordo e inquietante, como un perímetro asfixiante de existencia paralizando el ser y el sentir y el pensamiento. 
Quien ha cruzado el desierto lo conoce.
Quien ha vivido en la roca inaccesible sabe de qué hablo.
Quien ha sentido el peso de las olas sobre él en el ancho fondo del océano asiente ante mis palabras.
¿Estoy entre los afortunados? Confieso que es posible si cuando decimos "silencio" decimos "amor" al mismo tiempo.
Aceptar la palabra muda de aquel a quien amamos, en la quietud que devora el alma y despierta el deseo.
Aceptar que la música callada es quizá el más bello "te quiero"...
Comprender que a veces el cuerpo es quien desgrana las sílabas impronunciables, que una mirada es suficiente, o un gesto, o el toque delicado
de una muerte imprevista...de aquella muerte que acompaña la mía sin abandonarme.

¡Oh...es tan fiero el silencio!
¡El silencio enamorado de la nada!


martes, 30 de mayo de 2017

Anónima

El anonimato siempre me ha conmovido. 
Vivir sin nombre y sin historia entre los hombres, en un presente infinito purificado de prejuicios y vanidades. Admiro la sencilla mirada del desconocido con su mutismo de palabras y la adornada simbología de sus gestos. 

Me asombro ante lo plural y complejo de este mundo cuando, sumergida, contemplo multitud de rostros sin espejo. Aunque confieso que también despiertan en mí lejanos miedos plagados de recuerdos ante la delgada pero sombría capa de indiferencia que logra difuminar los rasgos más hermosos, aquellos constitutivos de nuestra raza, los que hacen del hombre lo que es: único, real, imprescindible.

Quizá por eso, en una lucha impredecible contra mi propia naturaleza, decidí romper la burbuja de mi propia individualidad dejando a las de otros invadir ese espacio singular. ¿Qué descubro? ¿Qué gano? ¿Qué recibo?

Una mujer pierde su brillo en la calle sin nombre de su historia. Entre el silencio de la colectividad se levanta un susurro en marejada matutina y despierta: 

"Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos".


jueves, 18 de mayo de 2017

Golondrinas

"¡Ya están aquí! ¡Ya han llegado!"

No puede evitar dibujar una sonrisa tímida, delicada, de aquellas que bastan para hacerme feliz; su sonrisa, la que creía haber perdido y ahora asoma, como desperezándose, entre los labios de los que un día me enamoré.

"¿Las ves? ¡Por fin han llegado!"

Apoyada en la barandilla de madera parece no importarle el ímpetu del viento que golpea con fuerza cada fibra de su cuerpo. El sol, recién amanecido, descubre con pequeñas y brillantes pinceladas sus rasgos más hermosos, tal y como los recordaba.
Sí, es cierto: extrañaba momentos como este, cuando ella permanecía de pie ante algo que le maravillaba invitándome a entrar en el misterio de su asombro, señalándome (como ahora, el dedo extendido hacia un cielo añil), el punto álgido donde penetraba sin esfuerzo.

Había olvidado el estremecimiento que siempre me produjo mirarla así, sin que lo supiera, y dejarme arrastrar perdiéndome en ella, en su sencilla profundidad. Añoraba el lento fluir del tiempo cuando estaba a mi lado, su eternizado silencio y sus leves palabras, el movimiento de sus labios, las manos inquietas, el débil balanceo de su pie izquierdo y la mirada furtiva de esos ojos posándose agitados sobre las cosas.
Sus ojos...¡qué bellos son sus ojos! Hoy más que nunca.
Puede que el dolor haya pulido la negrura que los cubría y que en mí ahogaba cualquier intento de salvarla cuando, ausente, en una orilla estancada de su memoria, permanecía inmóvil, tenebrosa y opaca.

"Es maravilloso, ¿no crees?"

Se vuelve hacia mí, estrechando el espacio que nos separa e, impulsiva, me coge de la mano dirigiéndome hacia el extremo de la barandilla. Es imposible dejar de mirarla y ella lo sabe, ¡por supuesto que lo sabe! aunque nunca ha dejado de preguntarse porqué.
"No te merezco", me dice algunas veces, cuando el pasado aparece ante ella como figura imponente debilitando el mínimo atisbo de esperanza.
Entonces todo palidece, como la frescura de un prado cuando el cielo se tiñe de gris, y vuelve a encerrarse en su palacio de cristal, frío e inaccesible.
Sin embargo, lo sé todo sobre ella. Conozco su miedo, su debilidad, la tristeza que le paraliza, el terror que le produce verse atrapada por los lazos de una historia que, sin dejar de ser suya, no es de ninguna manera irrevocable.
Quisiera entonces poder decirle lo mucho que la quiero, quemar los muros que ella misma ha construido alrededor y bailar, dar vueltas y vueltas sobre las llamas de la felicidad, abrazar su cuerpo estrecho, no soltarla y ser nosotros mismos, polvo contra polvo, humo que, fundido, se eleva a lo más alto, hacia el futuro que nos pertenece, hacia este instante, cuando me mira confusa tratando de cazar mis pensamientos.

Hace tan solo unos minutos le pedí que fuera mía para siempre. Un momento de la vida para toda una eternidad. Un segundo sumergido en la esfera profundísima del viejo reloj.
Todo ha cambiado desde entonces: Porque el intenso susurro del corazón penetra las capas de la tierra, el diente de león germina y asciende gozándose con el retorno de la primavera, la suya y la mía. Levanta ambas manos y apunta mi dedo hacia varias figurillas negras que salpican el amplio horizonte, abierto y espléndido para nosotros, ¡solo para nosotros!

"Ahí, ¿las ves?"

Solo ahora comprendo cuánto la he echado de menos, y quisiera decirlo, pero apago el deseo. Basta mirarla, como si en el mundo no hubiera nada más real que su frágil figura inclinada sobre una barandilla oscura y agrietada.
Pequeña escena cotidiana en un día alegre de mayo, como otra cualquiera y, sin embargo, es tan bella que la hace única e irreemplazable.
Porque la nueva vida se deja ver en el manto abigarrado de la pradera, en el temblor emocionado de mi mano contra la suya, en el roce de dos almas que han estado solas mucho tiempo.

"Sí, las veo"
"Son unas golondrinas preciosas"



viernes, 28 de abril de 2017

Una mujer...

Os he dicho durante el transcurso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana; pero no busquéis su nombre en la vida del poeta escrita por Sir Sydney Lee. Murió joven... y, ay, jamás escribió una palabra. Se halla enterrada en un lugar donde ahora paran los autobuses, frente al «Elephant and Castle». 

Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. 

Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. 

Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.

Virginia Woolf, Una habitación propia.


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viernes, 31 de marzo de 2017

Una primavera más

Me piden que escriba pequeños retazos de mis días, que recoja de la colorida línea del sendero por donde avanzo flores escondidas que suben prolongándose hacia las estrellas.
A veces es difícil encontrarlos entre las madejas de hilo que tejen las horas vividas. Otras se resisten incluso a ser arrancados de la maleza alta y vigorosa, como queriendo escapar de una muerte inevitable: se seca la savia, huye el olor y el sol se oscurece dejando sin brillo y belleza la gota de rocío enterrada en el césped verde.

Hoy contemplo desde la ventana un cielo espeso, carente de vida y calor. Toda luz ha quedado encerrada en la densa espuma gris violácea.
A lo lejos puedo ver cuatro ráfagas de un humo escurridizo ascender hacia él desde las chimeneas. Me pregunto porqué, si lo asombrosamente hermoso nace a sus pies.

¡Contemplad esa gama infinita de verdes empapelando la periferia de Madrid! (Azulados, parduzcos, amarillentos, rojizos...). Algunos pájaros verde pistacho descansan sobre las ramas de los árboles, las más altas, para luego descender sobre los transeúntes mostrando a un mundo ciego e indiferente la calidez de sus alas. Las primeras flores de los almendros aclaran el melancólico paisaje como novias que esperan a que las puertas se abran para caminar, majestuosas, al encuentro de unos ojos que supieron mirarlas.

Puedo ver también bancos vacíos, cofres mudos de secretos, guardianes solitarios de palabras que fueron. Quizá lo sigan siendo; o quizá no.
Y sin embargo, tenéis razón. Es inevitable no detener los ojos en aquella bruma que avanza sigilosa hacía mí ocultando el más leve roce de luz. Parece un mar embravecido cuyas olas se levantan para abrazar la tierra. No hay escapatoria. Lo sé. Es necesario sumergirse.

El canto persistente de los verdes pajarillos no es más fuerte, ni las flores blancas, ni nada de este cuadro impresionista que dibuja el inicio de la primavera. Es aquella negrura la que me atrae, irresistiblemente, la que oscurece más y más mis pupilas dilatándolas hasta un límite que no termina de llegar. 





Deseo de infinitud. Temor al verme arrastrada por el pulso repetitivo de las olas rompiendo una y otra vez contra mi cuerpo, por el penetrante latido de la secuencia.
El océano abraza y olvida. Siempre; fiel a las agujas de un reloj que no ve, que no oye, pero que le empuja invisiblemente con su repulsivo tic-tac.

La nube negra abarca todo el firmamento gozándose de nuestra suerte y yo me limito a mirar, a decidir qué es lo bello, qué lo tedioso y deleznable, qué lo realmente admirable. ¿Acaso lo sé? ¿Realmente estoy dispuesta a saberlo?
Entonces sucede lo inesperado, el relámpago que irrumpe la tétrica escena del teatro donde vivo: llueve, desesperadamente. Una multitud de diamantes, en pocos segundos, engarza mi ventana y recorren curiosos el cristal de arriba a abajo.

Me resulta difícil ahora vislumbrar los almendros, las chillonas cotorras y las violentas ramas de los árboles meciéndose a merced del viento y los bancos, ¡ah!, los pálidos confidentes en espera anhelante de nuevas mezclas sonoras de vocales y consonantes.
Solo estamos ella y yo, frente a frente, y las cuatro columnas humeantes que continúan subiendo más y más hasta confundirse con las grises y aterradoras ondulaciones hasta extinguirse finalmente, desaparecer.

Quisiera cerrar los ojos, huir, simplemente.
Incapaz. Sin llegar a moverme. Sin poder siquiera parpadear, la oscuridad penetra cada fibra de mi cuerpo generando un dolor sordo y hueco, cortante, como el filo de un cuchillo. Llega a los nervios, rodea los pulmones, traspasa el hígado.
Me asemejo a un títere descolorido, sin barniz, estéticamente mirando a un punto, al foco de negrura que ahora roza el corazón y lo corteja y lo acaricia y, como una obra de cinco actos recién acabada después de una escena intensa, lo besa, suavemente. En ese beso un día. En ese día toda su vida.

Estamos solas, ella y yo...y el silencio que busca la palabra y la sonrisa dibujada entre diamantes y el amor que embellece el tiempo, el rugido de las olas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Dolce morte

Todavía me llena de estupor ese evento terrible condenado a repetirse una y otra vez.
Lo descubro en miradas vacías y palabras exentas de contenido, en la parda hojarasca del otoño o entre el bullicio silencioso de personajes sin nombre y sin historia.
Desafortunado hecho que reaparece tras el gozo de lo bello eclipsando la luz, la vida y las estrellas...

Como animal agazapado esperando su presa, como el tronco de un roble dispuesto a desprenderse de sus raíces, ella se oculta, inmóvil, en lo efímero del mundo.
Quisiera olvidarla y renunciar a su influjo, impedir que mi pensamiento la reconozca en los cálidos atardeceres, en la sombra de sonrisas arrugadas o durante un Da Capo prolongado en la menor.
Sin embargo, su recuerdo me invita a exprimir el dulce elixir de la vida inclinándome ante lo simple y escondido, ante aquella realidad no mirada por muchos que trasciende cualquier atisbo de apariencia superficial, rota y mezquina.

Quisiera alejarla mas se acerca. Vigía de la noche siendo la noche misma.
A todos sorprende con su embrujo aunque la esperamos ocultos entre los postigos de nuestras puertas. Basta un lánguido toque de su mano y la más bella hermosura se atomiza en minúscula ceniza.
¿Quién será aquel valiente que erguido sobre sí mismo penetre en la honda negrura de sus ojos?
¿Quién el que, risueño, podrá decirle alguna vez: "Un gusto conocerla"; y volar hacia el instante siguiente deshilando los lazos del pasado?

No...la sucesiva finitud ahoga cualquier intento en un miedo incontenible.
Y así continuamos el viaje de este mundo: Huyendo de un final que empieza a cada paso.

Ella permanece sonriendo entre las sombras y yo...yo te busco más allá de su mirada, en la pálida luz de una vela dormida, entre los frágiles trazos de mi último párrafo, puede que en la eterna melodía que sin esfuerzo alguno dejaste en mi recuerdo llevándome a ti inevitable, inexorablemente.

¡Oh...dolce morte!



viernes, 17 de febrero de 2017

Lealtad

La LEALTAD, una palabra en desuso y, en la mayoría de los casos mal entendida, tergiversada, vacía de su sentido original, pero que un día como hoy se descubre ante mí como si fuera una ola gigante y perfecta dispuesta a llevarme, juguetona, hasta la orilla que aún no logro ver.
Se es leal no cuando todo va bien, me dijeron; Eres leal porque decides ser fiel cuando ya dejaste de creer.

Empiezo a comprender que, aunque yo misma no sea consciente de ello, deseo llegar hasta el final esperando llenar el hueco profundo que solo conoces tú, al que únicamente tú puedes acceder y colmar, con la brillante luz de las estrellas, ardiendo millones y millones de años sin consumirse ni apagarse, embelleciendo la negra noche que me separa de ti.

¡Qué misterio tan inabarcable se encierra en esa inmensidad desconocida rociada de diamantes, inconmensurable, tejida entrañablemente por tus manos en un instante de tu eternidad!
Quisiera estudiarla, comprenderla, deseando encontrar allí las respuestas sobre lo que un día fuimos, lo que ahora somos y, quizá, sobre lo que seremos.
¿Estará nuestra existencia condensada en pequeños puntitos de luz, iluminando débilmente el firmamento, tarareando canciones pasadas que solo pueden escucharse desde el corazón de quien nos ve?

Cuando al atardecer contemplo ese cielo ennegrecido paulatinamente con el paso de las horas, experimento cómo mi alma se ensancha más y más anhelando ascender hacia él, fundiéndome en su hermosura.

A mi parecer, no existe nada más bello que la bóveda perlada sobre nosotros, especialmente cuando la tierra que pisamos ha perdido mucho de su encanto, de su color, de la fuerza que mantenía viva la savia que asciende y desciende en cada ser: naciendo, existiendo, muriendo.
Sin palabras me habla de ti y de mí. Es una eterna nana que florece de tus labios invisibles, el preludio de un encuentro que no termina de llegar, lo imposible haciéndose real ante mis ojos: toda la energía del universo contenida en mi retina y en mi enfermo corazón.

Verdaderamente es el cielo quien sostiene la tierra, el que nos permite seguir soñando.



martes, 31 de enero de 2017

Abrir los ojos

Abrir los ojos. Y ver
sin falta ni sobra, a colmo
en la luz clara del día
perfecto el mundo, completo.
Secretas medidas rigen
gracias sueltas, abandonos
fingidos, la nube aquella,
el pájaro volador,
la fuente, el tiemblo del chopo.
Está bien, mayo, sazón.
Todo en el fiel. Pero yo...
Tú, de sobra. A mirar,
y nada más que a mirar
la belleza rematada
que ya no te necesita.

Cerrar los ojos. Y ver
incompleto, tembloroso,
de será o de no será,
-masas torpes, planos sordos-
sin luz, sin gracia, sin orden
un mundo sin acabar,
necesitado, llamándome
a mí, o a ti, o a cualquiera
que ponga lo que le falta,
que le dé la perfección.

En aquella tarde clara,
en aquel mundo sin tacha,
escogí:
el otro.

Cerré los ojos.

(La Vocación. Pedro Salinas)


viernes, 13 de enero de 2017

Poesía




El mundo está lleno de poesía.
A veces se trata de versos incomprensibles, gritos sordos a quienes desde hace tiempo dejaron de escuchar.
Otras veces las palabras dibujan sobre nuestras cabezas vuelos inacabados, como mariposas inquietas esperando descansar sobre frescos tallos verdes que difícilmente encuentran.
¡La vida parece deslizarse entre letras dispersas y sin rumbo, a través de sílabas encadenadas luchando por mantenerse firmes en un papel inexistente, como queriendo evitar el último borrón de tinta negra, el final de su historia, el punto postrero que acaba con todo y con todos!

Y yo...solo deseo que mis palabras sean tuyas, que esta rima la conozcas sin mirarla, que ames cada idea sutil, conmovedora y el borrón más ancho de mis frases sin final.
Quisiera que en cada interrogación te reconozcas, que desafíes mis sueños y silencios escribiendo por encima de mis puntos suspensivos, que tu corazón palpite entre las líneas imprimiendo en ellas un destello enamorado.

De amor, de amor es de lo que hablo, y de poesía...de brillantes luceros en la noche oscura, de arrecifes de coral entre el bravo oleaje, de sinfonías eternas en las tardes de tormenta.

Tú, que vives en mis palabras, sabes de lo que hablo: de amor sí, y de poesía.