viernes, 28 de abril de 2017

Una mujer...

Os he dicho durante el transcurso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana; pero no busquéis su nombre en la vida del poeta escrita por Sir Sydney Lee. Murió joven... y, ay, jamás escribió una palabra. Se halla enterrada en un lugar donde ahora paran los autobuses, frente al «Elephant and Castle». 

Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. 

Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. 

Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.

Virginia Woolf, Una habitación propia.


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viernes, 31 de marzo de 2017

Una primavera más

Me piden que escriba pequeños retazos de mis días, que recoja de la colorida línea del sendero por donde avanzo flores escondidas que suben prolongándose hacia las estrellas.
A veces es difícil encontrarlos entre las madejas de hilo que tejen las horas vividas. Otras se resisten incluso a ser arrancados de la maleza alta y vigorosa, como queriendo escapar de una muerte inevitable: se seca la savia, huye el olor y el sol se oscurece dejando sin brillo y belleza la gota de rocío enterrada en el césped verde.

Hoy contemplo desde la ventana un cielo espeso, carente de vida y calor. Toda luz ha quedado encerrada en la densa espuma gris violácea.
A lo lejos puedo ver cuatro ráfagas de un humo escurridizo ascender hacia él desde las chimeneas. Me pregunto porqué, si lo asombrosamente hermoso nace a sus pies.

¡Contemplad esa gama infinita de verdes empapelando la periferia de Madrid! (Azulados, parduzcos, amarillentos, rojizos...). Algunos pájaros verde pistacho descansan sobre las ramas de los árboles, las más altas, para luego descender sobre los transeúntes mostrando a un mundo ciego e indiferente la calidez de sus alas. Las primeras flores de los almendros aclaran el melancólico paisaje como novias que esperan a que las puertas se abran para caminar, majestuosas, al encuentro de unos ojos que supieron mirarlas.

Puedo ver también bancos vacíos, cofres mudos de secretos, guardianes solitarios de palabras que fueron. Quizá lo sigan siendo; o quizá no.
Y sin embargo, tenéis razón. Es inevitable no detener los ojos en aquella bruma que avanza sigilosa hacía mí ocultando el más leve roce de luz. Parece un mar embravecido cuyas olas se levantan para abrazar la tierra. No hay escapatoria. Lo sé. Es necesario sumergirse.

El canto persistente de los verdes pajarillos no es más fuerte, ni las flores blancas, ni nada de este cuadro impresionista que dibuja el inicio de la primavera. Es aquella negrura la que me atrae, irresistiblemente, la que oscurece más y más mis pupilas dilatándolas hasta un límite que no termina de llegar. 





Deseo de infinitud. Temor al verme arrastrada por el pulso repetitivo de las olas rompiendo una y otra vez contra mi cuerpo, por el penetrante latido de la secuencia.
El océano abraza y olvida. Siempre; fiel a las agujas de un reloj que no ve, que no oye, pero que le empuja invisiblemente con su repulsivo tic-tac.

La nube negra abarca todo el firmamento gozándose de nuestra suerte y yo me limito a mirar, a decidir qué es lo bello, qué lo tedioso y deleznable, qué lo realmente admirable. ¿Acaso lo sé? ¿Realmente estoy dispuesta a saberlo?
Entonces sucede lo inesperado, el relámpago que irrumpe la tétrica escena del teatro donde vivo: llueve, desesperadamente. Una multitud de diamantes, en pocos segundos, engarza mi ventana y recorren curiosos el cristal de arriba a abajo.

Me resulta difícil ahora vislumbrar los almendros, las chillonas cotorras y las violentas ramas de los árboles meciéndose a merced del viento y los bancos, ¡ah!, los pálidos confidentes en espera anhelante de nuevas mezclas sonoras de vocales y consonantes.
Solo estamos ella y yo, frente a frente, y las cuatro columnas humeantes que continúan subiendo más y más hasta confundirse con las grises y aterradoras ondulaciones hasta extinguirse finalmente, desaparecer.

Quisiera cerrar los ojos, huir, simplemente.
Incapaz. Sin llegar a moverme. Sin poder siquiera parpadear, la oscuridad penetra cada fibra de mi cuerpo generando un dolor sordo y hueco, cortante, como el filo de un cuchillo. Llega a los nervios, rodea los pulmones, traspasa el hígado.
Me asemejo a un títere descolorido, sin barniz, estéticamente mirando a un punto, al foco de negrura que ahora roza el corazón y lo corteja y lo acaricia y, como una obra de cinco actos recién acabada después de una escena intensa, lo besa, suavemente. En ese beso un día. En ese día toda su vida.

Estamos solas, ella y yo...y el silencio que busca la palabra y la sonrisa dibujada entre diamantes y el amor que embellece el tiempo, el rugido de las olas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Dolce morte

Todavía me llena de estupor ese evento terrible condenado a repetirse una y otra vez.
Lo descubro en miradas vacías y palabras exentas de contenido, en la parda hojarasca del otoño o entre el bullicio silencioso de personajes sin nombre y sin historia.
Desafortunado hecho que reaparece tras el gozo de lo bello eclipsando la luz, la vida y las estrellas...

Como animal agazapado esperando su presa, como el tronco de un roble dispuesto a desprenderse de sus raíces, ella se oculta, inmóvil, en lo efímero del mundo.
Quisiera olvidarla y renunciar a su influjo, impedir que mi pensamiento la reconozca en los cálidos atardeceres, en la sombra de sonrisas arrugadas o durante un Da Capo prolongado en la menor.
Sin embargo, su recuerdo me invita a exprimir el dulce elixir de la vida inclinándome ante lo simple y escondido, ante aquella realidad no mirada por muchos que trasciende cualquier atisbo de apariencia superficial, rota y mezquina.

Quisiera alejarla mas se acerca. Vigía de la noche siendo la noche misma.
A todos sorprende con su embrujo aunque la esperamos ocultos entre los postigos de nuestras puertas. Basta un lánguido toque de su mano y la más bella hermosura se atomiza en minúscula ceniza.
¿Quién será aquel valiente que erguido sobre sí mismo penetre en la honda negrura de sus ojos?
¿Quién el que, risueño, podrá decirle alguna vez: "Un gusto conocerla"; y volar hacia el instante siguiente deshilando los lazos del pasado?

No...la sucesiva finitud ahoga cualquier intento en un miedo incontenible.
Y así continuamos el viaje de este mundo: Huyendo de un final que empieza a cada paso.

Ella permanece sonriendo entre las sombras y yo...yo te busco más allá de su mirada, en la pálida luz de una vela dormida, entre los frágiles trazos de mi último párrafo, puede que en la eterna melodía que sin esfuerzo alguno dejaste en mi recuerdo llevándome a ti inevitable, inexorablemente.

¡Oh...dolce morte!



viernes, 17 de febrero de 2017

Lealtad

La LEALTAD, una palabra en desuso y, en la mayoría de los casos mal entendida, tergiversada, vacía de su sentido original, pero que un día como hoy se descubre ante mí como si fuera una ola gigante y perfecta dispuesta a llevarme, juguetona, hasta la orilla que aún no logro ver.
Se es leal no cuando todo va bien, me dijeron; Eres leal porque decides ser fiel cuando ya dejaste de creer.

Empiezo a comprender que, aunque yo misma no sea consciente de ello, deseo llegar hasta el final esperando llenar el hueco profundo que solo conoces tú, al que únicamente tú puedes acceder y colmar, con la brillante luz de las estrellas, ardiendo millones y millones de años sin consumirse ni apagarse, embelleciendo la negra noche que me separa de ti.

¡Qué misterio tan inabarcable se encierra en esa inmensidad desconocida rociada de diamantes, inconmensurable, tejida entrañablemente por tus manos en un instante de tu eternidad!
Quisiera estudiarla, comprenderla, deseando encontrar allí las respuestas sobre lo que un día fuimos, lo que ahora somos y, quizá, sobre lo que seremos.
¿Estará nuestra existencia condensada en pequeños puntitos de luz, iluminando débilmente el firmamento, tarareando canciones pasadas que solo pueden escucharse desde el corazón de quien nos ve?

Cuando al atardecer contemplo ese cielo ennegrecido paulatinamente con el paso de las horas, experimento cómo mi alma se ensancha más y más anhelando ascender hacia él, fundiéndome en su hermosura.

A mi parecer, no existe nada más bello que la bóveda perlada sobre nosotros, especialmente cuando la tierra que pisamos ha perdido mucho de su encanto, de su color, de la fuerza que mantenía viva la savia que asciende y desciende en cada ser: naciendo, existiendo, muriendo.
Sin palabras me habla de ti y de mí. Es una eterna nana que florece de tus labios invisibles, el preludio de un encuentro que no termina de llegar, lo imposible haciéndose real ante mis ojos: toda la energía del universo contenida en mi retina y en mi enfermo corazón.

Verdaderamente es el cielo quien sostiene la tierra, el que nos permite seguir soñando.



martes, 31 de enero de 2017

Abrir los ojos

Abrir los ojos. Y ver
sin falta ni sobra, a colmo
en la luz clara del día
perfecto el mundo, completo.
Secretas medidas rigen
gracias sueltas, abandonos
fingidos, la nube aquella,
el pájaro volador,
la fuente, el tiemblo del chopo.
Está bien, mayo, sazón.
Todo en el fiel. Pero yo...
Tú, de sobra. A mirar,
y nada más que a mirar
la belleza rematada
que ya no te necesita.

Cerrar los ojos. Y ver
incompleto, tembloroso,
de será o de no será,
-masas torpes, planos sordos-
sin luz, sin gracia, sin orden
un mundo sin acabar,
necesitado, llamándome
a mí, o a ti, o a cualquiera
que ponga lo que le falta,
que le dé la perfección.

En aquella tarde clara,
en aquel mundo sin tacha,
escogí:
el otro.

Cerré los ojos.

(La Vocación. Pedro Salinas)


viernes, 13 de enero de 2017

Poesía




El mundo está lleno de poesía.
A veces se trata de versos incomprensibles, gritos sordos a quienes desde hace tiempo dejaron de escuchar.
Otras veces las palabras dibujan sobre nuestras cabezas vuelos inacabados, como mariposas inquietas esperando descansar sobre frescos tallos verdes que difícilmente encuentran.
¡La vida parece deslizarse entre letras dispersas y sin rumbo, a través de sílabas encadenadas luchando por mantenerse firmes en un papel inexistente, como queriendo evitar el último borrón de tinta negra, el final de su historia, el punto postrero que acaba con todo y con todos!

Y yo...solo deseo que mis palabras sean tuyas, que esta rima la conozcas sin mirarla, que ames cada idea sutil, conmovedora y el borrón más ancho de mis frases sin final.
Quisiera que en cada interrogación te reconozcas, que desafíes mis sueños y silencios escribiendo por encima de mis puntos suspensivos, que tu corazón palpite entre las líneas imprimiendo en ellas un destello enamorado.

De amor, de amor es de lo que hablo, y de poesía...de brillantes luceros en la noche oscura, de arrecifes de coral entre el bravo oleaje, de sinfonías eternas en las tardes de tormenta.

Tú, que vives en mis palabras, sabes de lo que hablo: de amor sí, y de poesía.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Quiero creer

Conocer el amor...algo que excede los límites de nuestra razón y que, paradójicamente, es la fuente de la que mana el sentido de la existencia.
Conocer, que es experimentar, hacerlo mío, parte de lo más profundo de mí misma.
Conocer el amor...¿Cómo? Por la fe.

"El principio es la fe. El fin es el amor."

Quiero creer, desesperadamente. ¿Acaso el deseo no es suficiente?
Quiero creer...y seguir saltando acantilados, bucles del tiempo, agujeros de gusano.
Sin embargo, hay días que el hollín devora todo el oxígeno disponible y mis pulmones deciden dejar de respirar...la velocidad de difusión aumenta demasiado rápido sin poder controlarla.
En estos momentos de hipoxia acelerada, antes que el cerebro desencadene un desastre inminente, recuerdo que tú eres mi constante, la piedra angular que impide hacer 0 mi ecuación.

Y continúo, anclándome en tu número misterioso, decidida a seguir esperando, a seguir confiando, a seguir creyendo que la VERDAD ESTÁ AHÍ FUERA, más allá de las percepciones engañosas que tantas veces me someten.
Sigo adelante, con la certeza de que conoces estas palabras, antes incluso de ser escritas, que compartirás mi carga.
Saber que conoces mi corazón, que profundizarás en él encontrando allí recuerdos y experiencias que te pertenecieron, que son tuyos, me sirve de consuelo ahora, mientras siento cómo se ve amenazada la claridad y se oscurecen las perspectivas de continuar un viaje que comenzó no hace mucho tiempo, que reemprendí con la fe vacilante y que se mantiene viva por la tuya en mí.

Me resulta difícil describir el temor que me embarga al enfrentarme a un enemigo al que no puedo ni conquistar ni rehuir.

La noche es tan oscura...y en ella tú. Siempre tú.