domingo, 15 de octubre de 2017

La batalla

Duradera es la batalla entre la mente y el corazón, y adolezco de esperanza en una tregua inmediata. Ningún pensamiento acertado, solo el producto de los turbios engranajes de mi memoria. (¡Y podría ser peor!). Una confusión exacerbada aun manteniendo esta pacífica calma interior, ¿cómo es posible conciliarlo?
Puede que el amor sea capaz de explicarlo de nuevo, como ayer, como mañana, como siempre. Pero...¿Es el amor la auténtica clave? ¿Puede el amor por sí solo traducir en palabras los arrítmicos latidos de un sentir, de un vivir enamorado?

¡Arrebatad los cerrojos! ¡Romped los postigos! ¡Abrid las puertas, de par en par! ¡Dejad que entre la tormenta y reine la tempestad!

No hay palabras, no. Solo silencios entrecortados y el rugido de la propia casa temblando ante la vorágine despertada por un encuentro.

No, la mente no lo comprende, no. Tampoco el no-amor que a veces emerge como gélido iceberg rompiendo el alma en mil pedazos. ¡Cuántos trozos por el suelo!
¿Quién sino el corazón para guardarlos uno a uno dentro de sí custodiando el dolor que hiere y quiebra y desgaja?

No, no hay reposo, no, cuando la mente dice "¡Basta!" y el corazón responde "¡No, no basta!".


miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Podréis?


¡Oh, vosotros, hermanos!,
en la gran lejanía
de esa tierra altanera
que me estáis defendiendo
a mí, que nací en ella,
¿me podréis perdonar
esto que yo no sufro?
¿Me podréis perdonar
el crujido del pan
limpio cuando se quiebra
vosotros, devorados
por la araña del hambre?
¿Me podréis perdonar
este techo de silencio,
estas cuatro paredes,
vosotros, sin más techo
que un cielo de metrallas,
sin más muros que cuatro
horizontes siniestros
por donde están rampando,
en vez de mis auroras,
sucios soles de odio?
¿Podrá esa guerra vuestra
perdonarme mi paz,
esta paz que me pesa
como otra guerra oscura?
¿Y podrán vuestras muertes,
tú, y la tuya, y la tuya,
y la del otro, y tantas,
diez, veinte, ciento, mil
muertes bajo la tierra,
perdonar una vida 
que sigue en pie en mi pecho?

Pedro Salinas, 1937-1939

domingo, 24 de septiembre de 2017

Un 18 de septiembre

La debilidad hace palpable la parte más humana y más vulnerable de nuestra naturaleza.
Podríamos decir que el caer es lo "normal", la llamada del instinto y nuestra respuesta...pero el amor lo salva TODO. El amor hace posible lo imposible. El amor despliega las alas y nos hace palidecer de gratitud. El amor nos regala una nueva libertad, otra opción de respuesta, un segundo movimiento ascendente que supera y transforma al anterior.

Nos empeñamos en hablar de la muerte y la vida permanece a nuestro lado, como siempre.
Sí, y la vida es solo amor, ¡qué pronto lo olvidamos!


jueves, 7 de septiembre de 2017

Silencio

Silencio...no es fácil escucharlo.
De naturaleza desgarrador, sordo e inquietante, como un perímetro asfixiante de existencia paralizando el ser y el sentir y el pensamiento. 
Quien ha cruzado el desierto lo conoce.
Quien ha vivido en la roca inaccesible sabe de qué hablo.
Quien ha sentido el peso de las olas sobre él en el ancho fondo del océano asiente ante mis palabras.
¿Estoy entre los afortunados? Confieso que es posible si cuando decimos "silencio" decimos "amor" al mismo tiempo.
Aceptar la palabra muda de aquel a quien amamos, en la quietud que devora el alma y despierta el deseo.
Aceptar que la música callada es quizá el más bello "te quiero"...
Comprender que a veces el cuerpo es quien desgrana las sílabas impronunciables, que una mirada es suficiente, o un gesto, o el toque delicado
de una muerte imprevista...de aquella muerte que acompaña la mía sin abandonarme.

¡Oh...es tan fiero el silencio!
¡El silencio enamorado de la nada!


martes, 30 de mayo de 2017

Anónima

El anonimato siempre me ha conmovido. 
Vivir sin nombre y sin historia entre los hombres, en un presente infinito purificado de prejuicios y vanidades. Admiro la sencilla mirada del desconocido con su mutismo de palabras y la adornada simbología de sus gestos. 

Me asombro ante lo plural y complejo de este mundo cuando, sumergida, contemplo multitud de rostros sin espejo. Aunque confieso que también despiertan en mí lejanos miedos plagados de recuerdos ante la delgada pero sombría capa de indiferencia que logra difuminar los rasgos más hermosos, aquellos constitutivos de nuestra raza, los que hacen del hombre lo que es: único, real, imprescindible.

Quizá por eso, en una lucha impredecible contra mi propia naturaleza, decidí romper la burbuja de mi propia individualidad dejando a las de otros invadir ese espacio singular. ¿Qué descubro? ¿Qué gano? ¿Qué recibo?

Una mujer pierde su brillo en la calle sin nombre de su historia. Entre el silencio de la colectividad se levanta un susurro en marejada matutina y despierta: 

"Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos".


jueves, 18 de mayo de 2017

Golondrinas

"¡Ya están aquí! ¡Ya han llegado!"

No puede evitar dibujar una sonrisa tímida, delicada, de aquellas que bastan para hacerme feliz; su sonrisa, la que creía haber perdido y ahora asoma, como desperezándose, entre los labios de los que un día me enamoré.

"¿Las ves? ¡Por fin han llegado!"

Apoyada en la barandilla de madera parece no importarle el ímpetu del viento que golpea con fuerza cada fibra de su cuerpo. El sol, recién amanecido, descubre con pequeñas y brillantes pinceladas sus rasgos más hermosos, tal y como los recordaba.
Sí, es cierto: extrañaba momentos como este, cuando ella permanecía de pie ante algo que le maravillaba invitándome a entrar en el misterio de su asombro, señalándome (como ahora, el dedo extendido hacia un cielo añil), el punto álgido donde penetraba sin esfuerzo.

Había olvidado el estremecimiento que siempre me produjo mirarla así, sin que lo supiera, y dejarme arrastrar perdiéndome en ella, en su sencilla profundidad. Añoraba el lento fluir del tiempo cuando estaba a mi lado, su eternizado silencio y sus leves palabras, el movimiento de sus labios, las manos inquietas, el débil balanceo de su pie izquierdo y la mirada furtiva de esos ojos posándose agitados sobre las cosas.
Sus ojos...¡qué bellos son sus ojos! Hoy más que nunca.
Puede que el dolor haya pulido la negrura que los cubría y que en mí ahogaba cualquier intento de salvarla cuando, ausente, en una orilla estancada de su memoria, permanecía inmóvil, tenebrosa y opaca.

"Es maravilloso, ¿no crees?"

Se vuelve hacia mí, estrechando el espacio que nos separa e, impulsiva, me coge de la mano dirigiéndome hacia el extremo de la barandilla. Es imposible dejar de mirarla y ella lo sabe, ¡por supuesto que lo sabe! aunque nunca ha dejado de preguntarse porqué.
"No te merezco", me dice algunas veces, cuando el pasado aparece ante ella como figura imponente debilitando el mínimo atisbo de esperanza.
Entonces todo palidece, como la frescura de un prado cuando el cielo se tiñe de gris, y vuelve a encerrarse en su palacio de cristal, frío e inaccesible.
Sin embargo, lo sé todo sobre ella. Conozco su miedo, su debilidad, la tristeza que le paraliza, el terror que le produce verse atrapada por los lazos de una historia que, sin dejar de ser suya, no es de ninguna manera irrevocable.
Quisiera entonces poder decirle lo mucho que la quiero, quemar los muros que ella misma ha construido alrededor y bailar, dar vueltas y vueltas sobre las llamas de la felicidad, abrazar su cuerpo estrecho, no soltarla y ser nosotros mismos, polvo contra polvo, humo que, fundido, se eleva a lo más alto, hacia el futuro que nos pertenece, hacia este instante, cuando me mira confusa tratando de cazar mis pensamientos.

Hace tan solo unos minutos le pedí que fuera mía para siempre. Un momento de la vida para toda una eternidad. Un segundo sumergido en la esfera profundísima del viejo reloj.
Todo ha cambiado desde entonces: Porque el intenso susurro del corazón penetra las capas de la tierra, el diente de león germina y asciende gozándose con el retorno de la primavera, la suya y la mía. Levanta ambas manos y apunta mi dedo hacia varias figurillas negras que salpican el amplio horizonte, abierto y espléndido para nosotros, ¡solo para nosotros!

"Ahí, ¿las ves?"

Solo ahora comprendo cuánto la he echado de menos, y quisiera decirlo, pero apago el deseo. Basta mirarla, como si en el mundo no hubiera nada más real que su frágil figura inclinada sobre una barandilla oscura y agrietada.
Pequeña escena cotidiana en un día alegre de mayo, como otra cualquiera y, sin embargo, es tan bella que la hace única e irreemplazable.
Porque la nueva vida se deja ver en el manto abigarrado de la pradera, en el temblor emocionado de mi mano contra la suya, en el roce de dos almas que han estado solas mucho tiempo.

"Sí, las veo"
"Son unas golondrinas preciosas"



viernes, 28 de abril de 2017

Una mujer...

Os he dicho durante el transcurso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana; pero no busquéis su nombre en la vida del poeta escrita por Sir Sydney Lee. Murió joven... y, ay, jamás escribió una palabra. Se halla enterrada en un lugar donde ahora paran los autobuses, frente al «Elephant and Castle». 

Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. 

Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. 

Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.

Virginia Woolf, Una habitación propia.


Imagen relacionada